Entrar en un nuevo entorno laboral fue como caminar en un paisaje desconocido. Todo a mi alrededor se sentía diferente: los sonidos, el ritmo, las herramientas que se suponía debía usar. No era el tipo de trabajo que me había imaginado haciendo, y sin embargo, ahí estaba. La comodidad de lo que una vez conocí parecía estar a kilómetros de distancia, reemplazada por el desafío de lo desconocido. Al principio, fue abrumador. Mis manos no estaban acostumbradas a este tipo de labor, mi mente no estaba habituada a las rutinas y patrones que estaba aprendiendo. Pero con cada día que pasaba, algo cambió. Empecé a entender el ritmo del trabajo, el flujo de tareas que al principio me parecían tan ajenas. Poco a poco, me di cuenta de que no solo me estaba adaptando al trabajo; me estaba convirtiendo en parte de él. La simplicidad de las tareas comenzó a revelar una belleza que no esperaba. Había algo gratificante en dominar cada paso, en contribuir a un proceso más grande. Me encontré esperando ...