Cuando llegué, el aire olía diferente. No era mejor ni peor, solo distinto. Lo primero que noté fue el silencio entre la multitud. No era un silencio absoluto, sino esa ausencia de voces familiares, esa sensación de ser un fantasma en medio de los vivos. Todo aquí funcionaba de otra manera. Los rostros eran desconocidos, las calles seguían rutas que no comprendía, y los días pasaban sin que nadi e pronunciara mi nombre. No había una historia que me atara a este lugar, ningún eco de mi pasado resonaba en sus paredes. El trabajo no era mejor. Era como una máquina con engranajes bien aceitados donde yo era la pieza que no encajaba. Me hablaban sin mirarme, me indicaban sin explicarme. Lo básico, lo justo. Un saludo mecánico, una instrucción cortante, una mirada que apenas se posaba en mí antes de volver a una pantalla, a un teléfono, a algo más importante. Me preguntaba si algún día mi presencia sería más que una sombra en la esquina de sus rutinas. Las noches eran el peor enemigo. La sol...
Nunca imaginé que la tristeza pudiera pesar tanto. Que la ilusión con la que salí de casa pudiera desmoronarse tan rápido, dejándome con las manos vacías y el corazón hecho añicos. Cuando llegué, pensé que encontraría oportunidades esperándome, que este nuevo comienzo sería el primer paso hacia todo lo que soñé. Pero lo que encontré fue un lugar roto, tan desgastado como la esperanza que aún intentaba sostener. Los días han sido largos, las noches eternas. Camino sin rumbo, mirando rostros que no me devuelven la mirada, puertas que se cierran antes de que siquiera pueda tocar. El hambre es soportable, la soledad no. Hay un frío que no viene del clima, sino de la certeza de que aquí nadie me espera, nadie pronuncia mi nombre con ternura, nadie me pregunta cómo estoy. Me siento como un barco a la deriva, golpeado por una tormenta que no parece terminar. He intentado ser fuerte, lo juro. He repetido una y otra vez que todo esfuerzo vale la pena, que la suerte cambiará, que no vine hasta a...