Las luces titilaban con insistencia, pintando destellos en las paredes que parecían más vivas que las personas a mi alrededor. Los colores vibraban, pero no lograban calentar el aire. Todo en esta escena estaba diseñado para evocar alegría, y sin embargo, mi pecho se sentía como un cajón vacío que nadie se había molestado en llenar. Jamás me sentí a que pertenecía a este lugar.
Los rostros iban y venían, algunos con risas que no alcanzaban los ojos, otros con palabras amables que se deslizaban como cuchillos envueltos en terciopelo. Me siento un completo extraño rodeado de personas que no son de fiar. ¿Cuántas de esas miradas realmente buscaban conectar? ¿Cuántas simplemente fingían porque eso es lo que se supone que hacemos en estas fechas?
Intenté distraerme con los adornos en la mesa: el brillo del cristal, el aroma dulce que subía desde los platos, las velas parpadeando al ritmo de conversaciones que yo no entendía ni quería entender. Pero en el fondo, todo parecía un teatro, y yo no era más que un espectador atrapado en un palco desde donde nadie podía verme. Me pregunté cómo sería sentir esa calidez que otros decían encontrar en estas reuniones. ¿Es real? ¿O también mienten cuando hablan de un hogar en estas paredes?
En algún momento, alguien dejó una copa frente a mí, como si eso pudiera arreglar lo roto. La miré un rato, notando cómo el líquido reflejaba la luz de las velas. Era hermoso, pero no suficiente. Levanté la copa, no para brindar, sino para sentir que al menos algo de mí estaba en movimiento.
Un coro se alzó, voces entonando una canción conocida que no lograba emocionarme. Aplaudieron al final, como si las notas hubieran sanado algo, pero yo seguía intacto, encerrado en este muro invisible que nadie parecía notar. Era como si este día, este festejo, esta alegría prestada, no tuviera lugar para alguien como yo.
Me pregunté entonces si la sensación de pertenecer era algo que se encuentra o algo que se crea. ¿Qué es pertenecer? ¿Y si nunca descubro la respuesta?

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