Este año, más que ningún otro, pesa en mi pecho como una verdad difícil de aceptar. Lo he despedido lejos de las voces que me arrullaron tantas veces en la infancia, lejos de las risas que me enseñaron a amar la simplicidad de un brindis, de un abrazo al filo de la medianoche. La noche era fría, o al menos eso sentía yo en mi interior, aunque el clima no tuviera culpa alguna. Miraba el reloj como quien espera una señal para respirar, pero cada segundo que avanzaba parecía más un eco de lo que estaba dejando atrás que una bienvenida a lo que venía. Me senté en un rincón, rodeado de decoraciones que parecían ajenas, como si el espíritu de estas fechas no hubiera conseguido encontrarme en este lugar extraño. Pensaba en los rostros que conocía tan bien y en cómo, justo en ese momento, estarían haciendo lo de siempre: las bromas repetidas que nunca pierden gracia, el sonido del descorche, el intercambio de miradas cómplices que no necesitan palabras. Pero aquí estaba yo, en una escena...