Las luces titilan en la distancia, pequeñas chispas de color que parecen bailar al ritmo de una música que no puedo oír. Me encuentro frente a una ventana, mirando cómo el frío empaña el vidrio, dibujando con su aliento figuras que desaparecen tan rápido como aparecen. En el reflejo, veo mis ojos cansados, pero no vacíos.
Esta será mi primera Navidad lejos de casa. No lo había pensado mucho hasta ahora, pero el silencio que me rodea hace imposible evitarlo. Antes, todo era diferente. Había risas, voces entrelazadas, el sonido del papel rasgado al abrir un regalo, y ese aroma inconfundible que anunciaba que todo estaba bien, que estaba en el lugar correcto.
Pero este año, mi hogar es distinto. No hay voces que llenen los espacios ni aromas que me abracen con recuerdos. Solo estoy yo, mi maleta a medio desempacar y un árbol pequeño que compré para sentir algo familiar.
Dejé todo atrás porque dentro de mí algo me gritaba que tenía que volar, que había un mundo esperándome. Y no me arrepiento. He conocido cosas que jamás imaginé, he enfrentado retos que me hicieron descubrir partes de mí que desconocía. Pero ahora, mientras el reloj avanza hacia la medianoche, siento el peso de la distancia en cada respiración.
Cierro los ojos y en mi mente dibujo esos momentos que añoro: la mesa llena de comida, los abrazos, las palabras que reconfortan. Y aunque no puedo estar ahí, siento algo cálido en el pecho. Un recuerdo puede doler, pero también puede ser un refugio.
Decido encender una vela. No sé por qué, pero algo en esa pequeña llama me consuela. Es como si me recordara que, aunque lejos, no estoy desconectado. Que cada paso que doy en este camino nuevo es una extensión de lo que aprendí, de quienes me enseñaron a soñar.
Levanto mi copa, no por lo que extraño, sino por lo que aún está por venir. Porque aunque esta sea mi primera Navidad fuera de casa, también es la primera en la que entiendo que el hogar no siempre es un lugar. A veces, es un suspiro que guardamos dentro, un recuerdo que nos acompaña o una esperanza que nos guía.
Y con eso, sonrío. No estoy solo. Llevo conmigo cada risa, cada abrazo, cada promesa. Y sé que este es solo el inicio de algo grande.

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