Este año, más que ningún otro, pesa en mi pecho como una verdad difícil de aceptar. Lo he despedido lejos de las voces que me arrullaron tantas veces en la infancia, lejos de las risas que me enseñaron a amar la simplicidad de un brindis, de un abrazo al filo de la medianoche.
La noche era fría, o al menos eso sentía yo en mi interior, aunque el clima no tuviera culpa alguna. Miraba el reloj como quien espera una señal para respirar, pero cada segundo que avanzaba parecía más un eco de lo que estaba dejando atrás que una bienvenida a lo que venía.
Me senté en un rincón, rodeado de decoraciones que parecían ajenas, como si el espíritu de estas fechas no hubiera conseguido encontrarme en este lugar extraño. Pensaba en los rostros que conocía tan bien y en cómo, justo en ese momento, estarían haciendo lo de siempre: las bromas repetidas que nunca pierden gracia, el sonido del descorche, el intercambio de miradas cómplices que no necesitan palabras.
Pero aquí estaba yo, en una escena completamente diferente. Había aprendido a poner buena cara ante los demás, a parecer fuerte, a demostrar que podía con esto. Pero en mi interior, se desbordaba un océano de emociones: la tristeza de lo que no estaba, el orgullo por haber dado este paso, la nostalgia y la gratitud entrelazadas en un nudo difícil de desatar.
Cuando finalmente llegó el momento, cerré los ojos. El sonido de las campanadas llenó el aire, pero en mi mente, no estaban contando los minutos hacia adelante; estaban llevándome de vuelta a recuerdos, uno por cada campanada. A la cocina llena de olores familiares, al calor de un abrazo, al sonido de la vida tal como la conocía.
Me prometí algo en ese instante: no olvidar nunca lo que significa hogar, pero tampoco dejar que la distancia apague el fuego que llevo dentro. Porque aunque este año nuevo haya comenzado lejos, sé que las raíces no se cortan con kilómetros, y el amor, ese amor que siento por ellos, siempre encuentra el camino de regreso.
Cuando abrí los ojos, sentí algo diferente. No era felicidad, pero tampoco tristeza. Era esperanza, una promesa de que este nuevo capítulo, aunque distinto, podía escribirse con fuerza, con amor y con la certeza de que no estoy tan lejos como parece

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