Nunca imaginé que la tristeza pudiera pesar tanto. Que la ilusión con la que salí de casa pudiera desmoronarse tan rápido, dejándome con las manos vacías y el corazón hecho añicos.
Cuando llegué, pensé que encontraría oportunidades esperándome, que este nuevo comienzo sería el primer paso hacia todo lo que soñé. Pero lo que encontré fue un lugar roto, tan desgastado como la esperanza que aún intentaba sostener.
Los días han sido largos, las noches eternas. Camino sin rumbo, mirando rostros que no me devuelven la mirada, puertas que se cierran antes de que siquiera pueda tocar. El hambre es soportable, la soledad no. Hay un frío que no viene del clima, sino de la certeza de que aquí nadie me espera, nadie pronuncia mi nombre con ternura, nadie me pregunta cómo estoy.
Me siento como un barco a la deriva, golpeado por una tormenta que no parece terminar. He intentado ser fuerte, lo juro. He repetido una y otra vez que todo esfuerzo vale la pena, que la suerte cambiará, que no vine hasta aquí para rendirme. Pero hoy, sentado en la orilla de una cama que no es mía, con las luces apagadas y el eco de mis propios pensamientos retumbando en mi cabeza, no puedo evitar preguntarme si cometí un error.
Saco el teléfono y mis dedos tiemblan mientras escribo.
"Mamá, sé que me dijiste que no me diera por vencido, pero vine a este nuevo país en busca de mis sueños y lo que encontré fue un lugar devastado. Me siento derrotado, sin fuerzas."
El mensaje se envía. Cierro los ojos y contengo el aliento, esperando algo. Una respuesta. Un consuelo. Una razón para no dejarme caer.
El silencio es insoportable.
Me abrazo a mí mismo, como si pudiera encontrar en mi propio cuerpo el calor que extraño. Respiro hondo. Algo dentro de mí todavía late, aunque sea débilmente. Tal vez esta no sea mi última oportunidad, tal vez el dolor de hoy sea solo la antesala de algo mejor.
Pero ahora, en este instante, solo quiero que mi madre me diga que todo estará bien.

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